LOS RESULTADOS ETERNOS DE LA MUERTE DE JESUS
La muerte expiatoria de Jesucristo, en la cruz del Gólgota, tuvo tremendos efectos en diferentes aspectos. Pero, no somos tan conscientes de todo esto. Por eso, a menudo sólo contemplamos un lado de la cruz. En este artículo leeremos acerca de un aspecto muy descuidado de la cruz de Cristo: El efecto práctico para nuestra vida.
Cuando el Hijo de Dios murió en la cruz, "dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el
espíritu" (Juan 19:30).
La muerte de Jesús es un acontecimiento incomprensible, que nunca hemos de poder describir en toda su profundidad con palabras humanas. En aquel entonces, no fue un simple hombre quien murió, sino aquel que era y es el único inmortal. En aquel entonces murió Dios en Jesucristo; murió la vida eterna. Pero, como la vida eterna no puede morir - puesto que sería una contradicción -, debe haber habido una fuerza aún mayor que la vida eterna que ocasionara la muerte de Jesús pese a su inmortalidad. Esta fuerza fue el amor, el amor del Padre y del Hijo, amor que todo lo domina y que todo lo vence. En Cantares, lo leemos en forma profética:"... Porque fuerte es como la muerte el amor" (Cantares 8:6). Cuando, por así decir, la vida eterna clamó:"... Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (Mateo 27:46), Dios calló, tal como lo dice Sofonías 3:17: "... callará de amor..." De manera que como leemos en 1 Corintios 1:18, la palabra de la cruz, en su totalidad, realmente es poder de Dios para nosotros los redimidos. Pero para el mundo es
locura, pues el hombre natural no sabe qué hacer con un Cristo crucificado.
Históricamente, está comprobado que Jesús murió en la cruz. El historiador judío Flavio Josefo relata:
"En esta época vivió Jesús, un hombre sabio, si es que en realidad se le puede decir hombre. Pues fue el consumador de hechos totalmente increíbles y maestro de toda la gente que, con gozo, aceptaba la verdad. De manera que atrajo a sí muchos judíos y también gentiles. Él fue el Cristo (es decir, el Ungido, el Mesías, nota del redactor). Y a pesar de que Pilato, instigado por los más distinguidos de nuestro pueblo, lo condenó a la muerte de cruz, Sus seguidores no le fueron infieles. Pues al tercer día él les volvió a aparecer con vida, tal como los profetas que Dios envió lo habían predicho. Y no sólo profetizaron esto, sino miles de otras cosas maravillosas. Y hasta el día de hoy persiste el pueblo de los cristianos, que se denominan así por él." *
Flavio Josefo; Antigüedades judaicas, 8a Edición 1989, libro dieciocho, Capítulo 3, página 515 en adelante).
Entonces, si es cierto que Jesús murió en la cruz, cuestionémonos lo siguiente: ¿Qué efectos tiene hoy en día Su muerte de cruz? Todos aquellos que están perdidos por la eternidad han de preguntarse esto. Pero también nosotros, los cristianos renacidos, podemos, en fe, hacernos esta pregunta. Para eso, fijemos nuestra vista espiritual sobre el agonizante Cordero de Dios. Observemos cómo entregó voluntariamente su vida: "...Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu." Si una persona muere, no inclina su cabeza antes de hacerlo. Pero Jesús dio su vida voluntariamente, no le fue quitada. Primero inclinó su cabeza y después murió.
Fijemos nuestra atención en siete efectos eternos de la muerte de Jesús en la cruz.
Respecto a Dios
Pedro escribe, en su primera epístola: "Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne..." (1 Pedro 3:18). En otras palabras: En el instante en que Jesús murió, en que exhaló su último suspiro, después de derramar su vida a través de su sangre, nos guió de regreso a Dios. Ese es el significado eterno de Mateo 27:50-51:
"Mas Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu. Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba
abajo..." ¿Qué significa esto? Que en el mismo momento en que Jesús murió, Dios mismo abrió para nosotros su morada, su lugar santísimo, que hasta el momento había estado clausurada debido al pecado. Esta apertura fue uno de los efectos de la muerte de Jesucristo. Su último clamor y la rasgadura del velo del templo sucedieron simultáneamente, de manera que el autor de la carta a los Hebreos se regocijó:
"Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua
pura" (Hebreos 10:19-22). Eso nos concierne a nosotros, quienes creemos en el Señor Jesús. De manera, que aquí vemos que el velo representa el cuerpo de Jesucristo, que ha muerto por nosotros en la carne. Y el velo, que por milenios había permanecido cerrado, se abrió, para que pudiéramos ingresar al lugar santísimo.
Respecto a Satanás
Satanás no sólo es el gran oponente de Dios sino que también es el enemigo mortal del hombre, al cual ha engañado para que pecara. Pero, como la paga del pecado es la muerte (Romanos 6:23), Satanás fue el príncipe de la muerte hasta que murió el cordero de Dios. Fíjese que digo expresamente "hasta" la muerte de Jesús. Pues, en hebreos 2:14 leemos:
"Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al
diablo". Fue así, que nos rescató de una muerte triple: de la cruel muerte en manos de Satanás en la que, tras el fallecimiento, hubiésemos caído.
Del espantoso temor a la muerte. Un hombre "muere" miles de veces en vida debido al temor a la muerte. Pero, en Hebreos 2:15 leemos:"... y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre".
De la tremenda muerte de la eterna no-reconciliación con Dios. Pues, dos versículos más adelante dice:
"Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del
pueblo" (versículo 17).
A través de la muerte de Jesús fuimos rescatados de una muerte triple, es decir respecto a Dios, a Satanás, y a nosotros mismos. En la segunda carta a los Corintios, Pablo lo expresa de la siguiente manera:"... el cual nos libró, y nos libra, y en quien esperamos que aún nos librará, de tan grande muerte" (2 Corintios 1:10). Cuando el Cordero de Dios murió, todo volvió a su cauce correcto: Los hijos de Satanás, hijos de la muerte, se volvieron Hijos de Dios, Hijos de la vida. Con referencia a esto, Pablo escribe:
"Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de
él" (Colosenses1:21-22).
¡Agradezcamos al Señor quien ha hecho tan grandes cosas por nosotros! Nos ha reconciliado con Dios, nos ha liberado de la esclavitud de Satanás y nos ha salvado de la intervención de Satanás sobre nuestras almas, acerca de las cuales tenía derecho por causa de nuestros pecados.
RESPECTO A NUESTRA CULPA
Si en Romanos 5:10 dice que hemos sido "reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo", surge la pregunta: ¿Cómo es la cosa con nuestros innumerables pecados? Estoy más que agradecido que en 1 Corintios 15:3 se hable expresamente en plural: "...Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras." De manera que puede estar completamente confiado que: Su muerte, Su sangre derramada, ha pagado toda su culpa. Con respecto a esto, leemos en la carta a los Colosenses:
"(Jesús) os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la
cruz" (Colosenses 2:13-14). ¿No es maravilloso? Es por eso que la Escritura repite tantas veces que él ha muerto por nosotros: "quien murió por nosotros..." (Tesalonicenses 5:10),
"Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los
impíos" (Romanos 5:6). Y: "... a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte..." (Colosenses 1:21-22).
RESPECTO AL MUNDO QUE NOS RODEA
En primer lugar, preguntémonos: ¿Qué es el mundo? Para obtener una respuesta definitiva, consultemos la Biblia, la inefable Palabra de Dios. Ella nos dice:"... la apariencia de este mundo se pasa" (1 Corintios 7:31). "... el mundo entero está bajo el maligno" (1 Juan 5:19). Además, nos advierte muy seriamente: "No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre" (1 Juan 2:15-17). De la misma manera, también, leemos en la epístola de Santiago: "¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios?" (Santiago 4:4). Fue por eso que el Señor Jesús, antes de morir, dijo con tanta claridad: "Yo ruego por ellos (los discípulos); no ruego por el mundo..." (Juan 17:9).
Si traemos a la memoria los efectos que la muerte de Jesús tuvo sobre este mundo, también nos debemos cuestionar quién es el que realmente domina este mundo, quién es el "dios de este siglo" (vale decir, que en la versión en alemán dice "dios de este mundo"). En la segunda epístola a los Corintios encontramos la respuesta: "en los cuales el dios de este siglo (Satanás) cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios" (2 Corintios 4:4). Pero, precisamente sobre este mundo, en medio de las naciones (Ezequiel 5:5), murió en una cruz el Hijo de Dios y venció a Satanás, al "dios de este siglo". Aquel que cree en el Señor crucificado y en Su muerte, está juntamente crucificado con Cristo (Gálatas 2:20), murió al mundo y está protegido contra el espíritu de este mundo. Ese es el objetivo de la muerte de Jesús, tal como lo leemos en Gálatas 1:4: "el cual se dio a sí mismo por nuestros pecados para librarnos del presente siglo malo, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre." ¿No es terrible cuando los hijos de Dios rechazan esta liberación del mundo? Cualquier enlace consciente con el espíritu de este mundo significa volver a crucificar a Jesús. Por eso, en cuanto a los resultados de la muerte de Jesucristo, hay dos consecuencias para cada creyente en este mundo. La primera la describe Pablo de esta manera: "Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo" (Gálatas 6:14). Dicho en otras palabras: Entre el mundo espiritual y mi persona está la cruz. Dios ama al mundo (Juan 3:16). Él salva de este mundo malo; pero el mundo en sí no es rescatado. En 1 Corintios 10:11 leemos acerca de la segunda consecuencia: "Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos." Visto puramente desde el ángulo de la historia de salvación, la Iglesia de Cristo es, por un lado, la última parte de este siglo pero, por el otro, también el fin de la apariencia de este mundo. Como hijos de Dios, hemos sido trasladados a una nueva dimensión a través del nuevo nacimiento (1 Pedro 1:3): "Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús" (Efesios 2:4-6). Por eso, leemos en Filipenses 3:20: "Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo." El poder de la muerte de Jesús son las vidas humanas que han sido compradas por sangre, que aun están en el mundo, pero que ya nunca más volverán a ser del mundo. ¡Cuidado con que el espíritu de este mundo penetre a la Iglesia de Cristo!
RESPECTO A LA MUERTE
La muerte es una cruel realidad; seguramente miles y miles de lectores han tenido que pasar por la dura experiencia de estar frente a la tumba de un ser amado. De oír las palabras de despedida. De recibir con agradecimiento los lindos ramos y coronas de flores. Pero, nada de esto devuelve la vida a un esposo, esposa, hijo, padres, amigo, amiga. El propio Señor Jesucristo nunca ignoró la realidad de la muerte. Cuando vino para resucitar a su amigo Lázaro (que ya llevaba cuatro días en la tumba), Jesús también lloró frente al sepulcro (Juan 11:35).
Pero también hay otra realidad distinta y maravillosa: A través de la muerte del Señor Jesús, la muerte perdió su poder. Cuando murió, cuando en su sangre derramó su vida eterna, la muerte obtuvo un botín que nunca antes había recibido: Un cadáver que tenía la vida en sí mismo. Y así la muerte fue vencida, y nosotros podemos gozarnos junto con Pablo: "Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? Ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo" (1 Corintios 15:55-57). Las consecuencias son arrolladoras para todos cuantos recibieron a Cristo. A pesar de que usted cada vez envejezca más, tiene la promesa: "El justo florecerá como la palmera; crecerá como cedro en el Líbano... Aun en la vejez fructificarán; estarán vigorosos y verdes" (Salmo 92:12.14). Sí, según lo que dice en 2 Corintios 4:16, usted se vuelve cada vez más joven: "Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día". Esa persona va al encuentro de la eterna juventud pues está escrito: "El que sacia de bien tu boca de modo que te rejuvenezcas como el águila" (Salmo 103:5).
Eso es maravilloso: Jesucristo nos ha reconciliado con Dios y nos ha librado del poder de la muerte, a través de su muerte. Nos rescató de la apariencia de este mundo y nos obsequió la vida eterna:
"Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá... ¿Crees
esto?" (Juan 11:25-26).
RESPECTO A NUESTRA NATURALEZA PECAMINOSA
Nuestra culpa puede que haya sido perdonada hace tiempo, pero nuestra naturaleza, que en sí es pecaminosa y corrupta, aún si no se comete pecado, nos aqueja a diario. Suspiramos porque a la luz de la majestad y divinidad de Dios vemos que, por naturaleza, somos corruptos. Esta carga nos encorva - hasta que nos es revelado el misterio de la muerte de Cristo y sus efectos sobre nuestra naturaleza, nuestro yo.
Jesucristo realmente murió en la cruz. Y como eso es así, también usted, que cree en Jesús, murió juntamente con él. Lea atentamente lo que dice Romanos 6:6: "sabiendo esto, que nuestro viejo hombre (= nuestra naturaleza) fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado." Los efectos de la muerte de Jesús sobre nuestra naturaleza, son detallados muy claramente en los siguientes versículos de este capítulo:
"Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor
nuestro" (versículos 10-11). Esto quiere decir: Si usted percibe su naturaleza pecaminosa, si siente que malos deseos vienen a su mente, puede levantarse, en fe, ante la cruz de Jesús: Él murió y yo morí juntamente con él (sea que lo sienta o no). Si adopta esta postura, según Romanos 6:7 "ha sido justificado del pecado". Pues el que ha muerto, fue justificado de su pecado inherente, es decir de su naturaleza pecaminosa. Dios ya no ve esa naturaleza pecaminosa, pues usted y su esencia pecaminosa han muerto en Jesucristo. En el siguiente versículo podrá observar una maravillosa perspectiva de la pascua "Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él" (versículo 8). Pero, esto significa que se debe aplicar ese poder de Cristo sobre la muerte en nuestro propio ser corrupto. Muchos quieren hacer todo menos esto. Es por eso que este mensaje no sólo se publica para que usted medite sobre la muerte del Señor, sino para que se cuestione esta pregunta tan importante: ¿Quiere usted que los poderosos efectos de la muerte de Jesús obren en su propio ser? Si rechazamos esto, es decir si venimos a la cruz con nuestra culpa, pero no con nuestra naturaleza, no somos otra cosa que enemigos de la cruz de Cristo. Pablo, quien aún era un hombre fuerte y vigoroso, lloró amargamente cuando habló sobre esto:"... de los cuales os dije muchas veces, y aun ahora lo digo llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo" (Filipenses3:18).
RESPECTO A LOS HERMANOS EN LA FE
Como hijos de Dios, podríamos ser un baluarte poderoso y victorioso contra la ira de Satanás, si tan sólo como Iglesia nos vistiéramos del poder de la muerte de Jesús, si dejáramos de tener tantas desavenencias. ¿De dónde provienen el enojo, la envidia, la difamación y, a través de eso, las constante discordias? Todo esto no proviene de otra parte que de la afirmación del yo, del hecho de eludir la cruz. Cuando tenga una desavenencia con su hermano, su hermana, su consejero o su pastor, no los culpe a ellos, antes bien diga: "Todos somos" culpables, también yo lo soy; hemos querido afirmarnos mutuamente.
Quiero recalcar algo con mucha seriedad y certeza: Tan cierto como que un hijo de Dios debe apoderarse del poder de la muerte de Jesús para su ser, así de cierto también es que, como Iglesia de Cristo, debemos vestirnos colectivamente de la muerte de Jesús. Es decir:"... si uno murió por todos, luego todos murieron" (2 Corintios 5:14). Si somos miembros vivos en el cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:27), todos, sin excepción, hemos pasado a través de su muerte. En esto consistió la ilimitada autoridad de la primera iglesia. Aquellos creyentes se tomaron en serio la muerte de Cristo, tanto individualmente como en forma colectiva. Los conflictos y las tensiones hallaban inmediata solución en el estar juntamente crucificados. Pablo les escribió a los corintios:
"De manera que nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según la
carne" (2 Corintios 5:16). ¿Por qué? Porque todos habían muerto con Cristo, la carne fue juntamente crucificada.
Lo que dice el Apóstol aquí, de ya no conocer a nadie según la carne, fue la negación de cualquier simpatía o antipatía. Cada cual se enfrentaba a sus hermanos en la fe consciente de que, al igual que él, estos también habían sido crucificados juntamente con Cristo.
El cordero de Dios murió en la cruz para que usted y yo muriéramos a nuestro viejo hombre. Si nos encasillamos diciendo que: "Cristo murió por mis pecados", estamos limitando en gran manera Su maravillosa victoria.
El motivo principal de la muerte de Jesús se describe ampliamente en Romanos 6:3-7:
"O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado del
pecado." ¿Quién de ustedes, querido lector, querida lectora, acepta para sí estos poderosos efectos de la muerte de Cristo? Si aún no lo ha hecho, debería hacerlo hoy, ahora mismo. En 2 Corintios: 5:14-15 dice:
"Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno
murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que
viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos." (Wim Malgo 1922-1992).