Promesas para los Vencedores

POR: NORBERT LlETH

Jesucristo ha vencido al mundo, ha vencido cada tentación, ha vencido al pecado, al diablo y a la muerte. Resucitó de los muertos al tercer día, 40 días más tarde ascendió al cielo y se sentó en el trono a la diestra de Dios. Como Señor glorificado, exhorta a su Iglesia: "Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono" 'Apocalipsis 3:21). Él le promete a Su Iglesia universal, que ni las mismas "puertas del hades" la podrán vencer (Mateo 16:18).
Al final de cada uno de los siete mensajes a las iglesias, el Señor hace Su desafío: "Al que venciere...", y Su promesa: "le daré...". A mi entender, le quiere mostrar a Su Iglesia qué es lo que les espera a los hijos de Dios en la eternidad. Lo especial de estos mensajes es que el Señor utiliza los acontecimientos, las costumbres y las usanzas orientales de la época, para ilustrar el significado de la vida eterna. Con Sus promesas a los vencedores, también quiere mostrar que Su Iglesia universal ha de permanecer a través de todos los tiempos y, en especial en estos últimos, debe estar enfocada hacia una meta determinada: ¡El crucificado y resucitado que está en el cielo, y que ha de volver!

¿Qué Significa Vencer?

La expresión bíblica "vencer", no significa que un hijo de Dios nunca más vaya a caer en pecado. La Biblia no enseña este perfeccionismo. Vencer significa que, por todos los medios, quiero permanecer junto al Señor Jesús. Quien ama a Cristo y lo quiere complacer, huye de todo tipo de pecado (1 Corintios 6:18; 10:14; 2 Pedro 1:4). Si de todas maneras, un hijo de Dios cae en pecado (1 Juan 2:1), entonces recurre, en fe, al perdón de los mismos, y continúa su camino de la mano del Señor Jesús. Por eso, una y otra vez, somos exhortados, en estos mensajes, al arrepentimiento (Apocalipsis 2:5; 3:3,19).
En los siete mensajes reconocemos el programa del Señor Jesucristo para Su Iglesia a través de las edades. Al final de cada carta, nos comparte su perspectiva para la eternidad: "¡Miren! ¡Esto es lo que les aguarda, lo que he preparado para ustedes!" Una y otra vez se trata de la vida eterna, pues el principio divino es: "¡Tú debes vivir!"
En aquel entonces (al igual que hoy) existían personas incrédulas en las iglesias locales. Se consideraban creyentes renacidos, pero no contaban con la vida proveniente de Dios. Jesús, a través de las promesas a los vencedores les habló también a estas personas. Ellos también debían ser ganados para la vida eterna.

LA PROMESA A ÉFESO

"El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios" (Apocalipsis 2:7). En el medio del Edén habían dos árboles: el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal (Génesis 2:9). La primera pareja humana se dejó vencer por la tentación satánica y comió del fruto prohibido del árbol de la ciencia (versículo 17; capítulo 3:1 en adelante). Adán y Eva tendrían que haberse conformado con la palabra de Dios, y deberían haber comido del árbol de la vida.
Cuando se cumplió el tiempo, nació el Señor Jesús. Por su obediencia y su muerte en el "árbol" de la cruz, éste se convirtió en el árbol de la vida disponible para toda persona. En varias partes del Nuevo Testamento, se denomina "madero" a la cruz (en griego xylon), lo que también significa "árbol" (Hechos 5:30,10:39,13:29, Gálatas 3:13). En 1 Pedro 2:24 leemos:"...quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero..."
Así como Satanás le ofreció a la primera mujer el fruto del árbol y Eva se dejó vencer, lo tomó, comió, y se lo dio a su esposo, con lo cual entró el pecado al mundo - el Señor Jesús le da del árbol de la vida a quienes se dejen vencer por él: "Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios." Todas las cosas deben ser restauradas. El hombre, que cree en el Señor Jesucristo, vuelve a ser colocado en la posición original que había perdido. Vuelve al "paraíso" y puede disfrutar del árbol de la vida. Pero, para el Nuevo Testamento, "paraíso" significa mucho más, es decir, morada de Dios. A través de Jesús, podemos volver a recibir la vida eterna que Adán perdió. Hoy mismo ya podemos tener esta vida por medio de la fe en Jesús; pero en la eternidad alcanzaremos la plenitud de la vida eterna. Esa es la promesa del Señor para quienes vencieren.
El mensaje a la iglesia en Éfeso habla sobre dos peligros, el abandono del primer amor ("Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor" versículo 4) y las malas obras de los nicolaítas ("Pero tienes esto, que aborreces las obras de los nicolaítas, las cuales yo también aborrezco" versículo 6). Aquel que abandona su primer amor al Señor, también pierde el amor hacia sus hermanos. Y ése es un peligro muy grande. Si el cordón del amor ya no une a la congregación, ésta sufrirá un profundo daño. Durante el transcurso de los siglos, la Iglesia de Jesús ha crecido en conocimiento, pero ¿también creció en el amor? Un cristiano sincero va a tratar de vencer cualquier obstáculo que haga peligrar su primer amor. Hará todo lo posible por amar y servir a su hermano y hermana en la fe. La Biblia por ejemplo dice: "no mirando cada uno lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros" (Filipenses 2:4). Y: "Sobrellevad los unos las cargas de los otros" (Gálatas 6:2). ¿Somos gobernados por el amor de Dios? ¿O todavía gobiernan en nosotros los celos, la desconfianza, la envidia, el egoísmo o, tal vez, hasta el odio y el rencor?
El segundo peligro en la iglesia de Éfeso era la agrupación de los nicolaítas. Traducido a nuestro idioma, nicolaítas significa "vencedores del pueblo". Ellos "vencían" a la gente del pueblo, al permitir la idolatría y la fornicación, y practicar ellos mismos tales cosas. Los nicolaítas no eran personas nacidas de nuevo, sino simplemente simpatizantes. Tenían "apariencia de piedad", pero negaban "su eficacia" (vea 2 Timoteo 3:5). Pero, aquél que realmente cree en Jesucristo, querrá hacerlo totalmente al revés, y atesorará las palabras de Ro manos 12:21: "No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal".

LA PROMESA A ESMIRNA

"El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. El que venciere, no sufrirá daño de la segunda muerte" (Apocalipsis 2:11). "La segunda muerte" se refiere a la condenación eterna, que está destinada únicamente a los incrédulos que no aceptaron el perdón de sus pecados y que, por eso, no llegaron a ser vencedores. También en Apocalipsis 21:7-8 se lee al respecto: "El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo. Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda."
Aquellos que llegaron a creer en el Señor Jesús, venciendo de esta manera al mundo, sin embargo, tendrán parte en la primera resurrección: "Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre éstos, sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con él mil años" (Apocalipsis 20:6).
Ambas realidades evidencian, una vez más, que todo aquel que realmente cree en Jesús es un vencedor. Tiene la vida eterna y no será condenado. Y como tiene esta esperanza, quiere ser fiel al Señor Jesucristo hasta la muerte, pese a todas las luchas y tentaciones.

LA PROMESA A PERGAMO

"El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, daré a comer del maná escondido, y le daré una piedrecilla blanca, y en la piedrecilla escrito un nombre nuevo, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe" (Apocalipsis 2:17).
Una determinada cantidad de maná (de la que Dios proveyó a los israelitas durante el éxodo de cuarenta años por el desierto) debía ser juntada en un recipiente y éste tenía que ser depositado en el arca del testimonio. Así quedaba escondido de los ojos de la gente (Éxodo 16:32-33). El "maná escondido" fue guardado en el centro del lugar santísimo, en el arca del testimonio. Es una imagen de Jesús, que vino del cielo para convertirse en el pan de vida (Juan 6). Cuando él dice: "Al que venciere, daré a comer del maná escondido", esto significa entrar en lo más santo del cielo y tener allí comunión con Jesús. Aquella persona que creyendo en Jesús aquí abajo, le enseña la puerta a cada pecado y a cada falsa doctrina, elude toda trampa carnal y se mantiene alejada de cualquier comunión con el mundo, experimentará eternamente, allí arriba, esa maravillosa comunión con él.
".. .y le daré una piedrecilla blanca..." ¿Qué significado tiene esta piedra blanca? Existen tres explicaciones para ella:
En la antigüedad, un acusado recibía durante el proceso judicial ya sea una piedra negra (que declaraba su culpabilidad y lo condenaba) o una blanca (que le garantizaba la sentencia absolutoria). Un vencedor recibe una "piedrecilla blanca" de la mano del Señor. Si usted ha vuelto a nacer, ha sido absuelto eternamente por el sacrificio de sustitución de Jesucristo en la cruz.
En las competencias (olimpiadas) los vencedores obtenían una piedra blanca especial o una pequeña pizarra de piedra. Aquel que poseía dicha piedra, ya no necesitaba pagar entrada de por vida. Aquél que cree en el Hijo de Dios, el que se ha convertido en Su propiedad, tiene acceso libre al cielo. El precio para ello ya fue pagado hace tiempo por el dueño de casa.
Cuando se invitaba, el anfitrión les entregaba a los huéspedes selectos una piedra blanca ni bien pasaban el umbral de la puerta. Esto significaba para ellos: "Tú eres muy bienvenido. Me alegro de que estés aquí. Entra, serás agasajado." ¡Si usted ha recibido al Señor Jesús en su corazón, usted también será muy bienvenido en Su hogar!
".. .Y en la piedrecilla escrito un nombre nuevo..." Abram ("Padre enaltecido") recibió el nuevo nombre Abraham ("Padre de una multitud"). Sarai ("principesca") se convirtió en Sara ("princesa"). Jacob ("el que toma por el calcañal", "el que suplanta"), se convirtió en Israel ("el que lucha con Dios", o "Dios lucha"). Saulo ("pedido") se convirtió en Pablo (el pequeño/insignificante), y José (El quita) se convirtió en Bernabé (Hijo de consolación). Cada cristiano puede esperar con expectación su nombre celestial.
Alguien alguna vez dijo: "Si no quieres probar los frutos del pecado, debes evitar las plantaciones del diablo." Para cada pecado existen lugares determinados, o bien ambientes o personas determinadas, que vencen nuestra fuerza de resistencia. Dentro de lo posible deberíamos evitar tales sitios y personas. Si somos sinceros, Dios nos ayuda a lograrlo.

LA PROMESA A TIATIRA

"Pero lo que tenéis, retenedlo hasta que yo venga. Al que venciere y guardare mis obras hasta el fin, yo le daré autoridad sobre las naciones, y las regirá con vara de hierro, y serán quebradas como vaso de alfarero; como yo también la he recibido de mi Padre; y le daré la estrella de la mañana. El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias." (Apocalipsis 2:25-29).
Aquí se trata del regreso de Jesucristo para el arrebatamiento de la Iglesia: "Pero lo que tenéis retenedlo hasta que yo venga" ¿Qué es lo que tenemos que retener? El Señor Jesús dice:"... y guardare mis obras hasta el fin..." ¡No se trata de sostener hasta el fin nuestras propias obras, sino las obras de Jesús! ¿Qué fue lo que obtuvo Jesús en la cruz y se lo entregó a usted? La fe, el perdón, la promesa, la vida eterna, el Espíritu Santo, y una naturaleza vencedora. ¡Si su vida parece desmoronarse, si todo se ve muy negativo -aférrese a él, a su ejemplo, a su Palabra y a todo lo que él ya le regaló en su nuevo nacimiento!
A través de la fe en el Señor Jesús y de su obra sustitutoria en la cruz del Gólgota, nos hemos convertido en santos, justos, sinceros y amados. Es necesario que crezcamos en todas estas cosas, que retengamos firmemente la obra de Jesús y que no desistamos. Pero si no somos hallados haciendo estas cosas, podemos perder, a Su regreso, un importante galardón.
Esto, seguramente, también significa que seamos tan convincentes como Jesucristo. ¿Cuál fue su convicción? Él dejó la gloria del Padre, vino a este mundo, se hizo hombre, y fue obediente hasta la muerte, sí, hasta la muerte de cruz (compárese con Filipenses 2:5-8). Él también nos dio ejemplo de cuál debería ser nuestra actitud frente al prójimo: la del buen samaritano (Lucas 10:30 en adelante). Pero no debemos tratar de sacar lo bueno de nosotros por nosotros mismos. No, él quiere hacer esa obra en y a través de nosotros: "Al que venciere y guardare mis obras hasta el fin.
"...yo le daré autoridad sobre las naciones..." Después de su regreso visible al Monte de los Olivos (Zacarías 14:4), el Señor Jesús gobernará desde Jerusalén a todas las naciones; que le han sido hechas por su Padre estrado de sus pies (Salmo 110:1). Aquel que guardare hasta el fin las obras de Jesús, gobernará junto a él en el reino de paz de mil años y, más adelante, en el nuevo cielo y en la nueva tierra. Los vencedores tendrán parte en la misma promesa que también escuchó el Señor Jesús: "Al que venciere y guardare mis obras hasta el fin, yo le daré autoridad sobre las naciones , y las regirá con vara de hierro, y serán quebradas como vaso de alfarero..."
Otra promesa se encuentra en las palabras "estrella de la mañana":"... y le daré la estrella de la mañana." Jesús mismo es la clara y brillante estrella de la mañana (Apocalipsis 22:16). La estrella de la mañana anuncia un nuevo día, antes de que el Señor regrese en gloria como "sol de justicia", para redimir a Israel. Cuando el Señor Jesús venga para el arrebatamiento, amanecerá en nuestros corazones la "estrella de la mañana" (2 Pedro 1:19). Aquél que, entonces, retenga las obras de Jesús, quien atienda a su palabra profética y espere su aparición, tendrá parte de la maravillosa recompensa: Le será entregado el claro y brillante lucero de la mañana, pues los justos brillarán como las estrellas por siempre jamás.
Los otros creyentes, que no han guardado las obras de Jesús hasta el fin, también serán arrebatados. Pero, en relación a ellos, está escrito que habrán de alejarse de él avergonzados (compare 1 Juan 2:28). Esto no significa que se vuelvan a perder. Sino que tales creyentes deberán, simultáneamente, estar "en la sombra". ¡Seamos de aquellos que, con toda humildad, guarden sus obras hasta el fin!

LA PROMESA A SARDIS

"El que venciere será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre, y delante de sus ángeles" (Apocalipsis 3:5).
¿Un cristiano renacido debe temer la posibilidad de ser borrado del libro de la vida y volver a estar perdido? ¡No! El contexto lo muestra claramente. En Sardis había cristianos que, en realidad, no lo eran: "Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, y estás muerto." (Apocalipsis 3:1). O sea, que es posible llamarse "cristiano" y no tener una relación viva con Jesucristo. Aquél que permanece siendo un cristiano nominal, nunca se convertirá en un vencedor y su nombre será borrado del libro de la vida.
Pero aquél que le entrega a Jesús toda su vida, recibe el vestido blanco de Su justicia y su nombre permanecerá inscripto en el libro de la vida, el cual será proclamado por el Padre y por los ángeles allí en el cielo.
Desde los inicios del mundo, los nombres de todas las personas están inscritos en el libro de la vida. ¿Por qué? Porque Jesús pagó, con el derramamiento de Su sangre, el precio por todas las personas. Él es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Juan 1:29). Aparte de esto, Dios no quiere que ninguno se pierda (1 Timoteo 2:4). El nombre de aquella persona que, en algún momento de su vida, ha aceptado la redención que Jesucristo ofrece, permanecerá en el libro de la vida. Pero, el nombre de aquella persona que rechaza su redención, será quitado del libro de la vida. En la segunda epístola de Pedro se habla precisamente de tales personas: "Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina" (2 Pedro 2:1). A mi entender, estos "falsos maestros" nunca habían nacido de nuevo, pues dice que "negarán al Señor que los rescató".. En el fondo, todas las personas han sido compradas por el derramamiento de sangre del Señor Jesús, pero no todas las personas aceptan, por la fe, esta redención. Por eso, en la institución de la cena del Señor, Jesús no habló de todos" sino de muchos:".. .esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados" (Mateo 26:28).
Quien sólo escucha el mensaje del evangelio, pero no lo acepta ajustando su vida a él, no es un verdadero cristiano. "Acuérdate, pues, de lo que has recibido y oído; y guárdalo, y arrepiéntete" (Apocalipsis 3:3). ¿Será que el Señor Jesús también le tiene que decir a usted: "¡Tú has recibido las buenas nuevas, acéptalas de una vez!"? ¡Qué advertencia nos hace el Señor a cada uno de nosotros personalmente! Pues, también entre nosotros hay de aquellos, que han recibido el Evangelio, pero que no lo han aceptado.

LA PROMESA A FILADELFIA

"He aquí, yo vengo pronto; retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona. Al que venciere, yo lo haré columna en el templo de Dios, y nunca más saldrá de allí; y escribiré sobre él el nombre de mi Dios, y el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén, la cual desciende del cielo, de mi Dios, y mi nombre nuevo" (Apocalipsis 3:11-12).
En la antigüedad, a menudo, los templos tenían magníficos pórticos sobre los cuales se grababan los nombres de los bienhechores del pueblo. Las columnas del templo de Salomón también llevaban nombres, una de ellas se llamaba" Jaquín" (él establecerá) y la otra Boaz (en él hay fortaleza).
Aquellos que vencieren, que retuvieren y que permanecieren con Jesús, recibirán una "corona" y serán hechos "columna" en el templo de Dios. Esta es una imagen de la eterna seguridad en el templo de Dios y del Cordero, en la Jerusalén celestial. Jesús le dice a estos vencedores:"....escribiré sobre él el nombre de mi Dios, y el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén, la cual desciende del cielo, de mi Dios, y mi nombre nuevo." Cuando Jesús vuelva, su nombre por un lado será "El Verbo de Dios", y por otro llevará un nombre que aún no se ha revelado (Apocalipsis 19:12-13).
En la gloriosa eternidad cada una de las promesas de la Palabra de Dios para los suyos se habrán cumplido. Pero, aparte de eso, en la persona del Señor Jesucristo aún habrá maravillosas profundidades que ahora, todavía, no podemos comprender.

LA PROMESA A LAODICEA

"He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo. Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono. El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias" (Apocalipsis 3:20-22).
Esta promesa excede todo entendimiento. Por otra parte, es sacada de las costumbres bíblicas cotidianas. Durante los grandes recibimientos, los reyes orientales no se sentaban sobre tronos que sólo ofrecían lugar para una persona, sino sobre amplios asientos. Los convidados muy especiales eran invitados a sentarse junto al rey, y el brillo de toda su gloria también los iluminaba a ellos.
Jesús se sentó sobre el trono de su Padre. Está sentado a la diestra de la Majestad en las alturas (Hebreos 1:3). Los sacerdotes del Antiguo Pacto no podían estar sentados, pues los sacrificios que ofrecían los volvían a ocupar una y otra vez. Pero, Jesús se sentó, porque El había consumado su obra por la eternidad y podía descansar de ella.
Mientras estemos aquí en la tierra, vale la pena declinar toda tibieza, ser ardiente en espíritu, y mantener la puerta abierta de par en par para el Señor Jesús.

POR MEDIO DE SIETE PROMESAS...

... el Señor se comprometió a dar cosas maravillosas a los vencedores en la eternidad. ¿No quiere corresponder hoy mismo, ¡ahora!, a su Palabra y a su ofrecimiento de amor, para convertirse en un vencedor?
¿Ha dejado el primer amor al Señor, o ha tolerado los "deseos de la carne" de los nicolaítas? ¿O, acaso, su fe se ha vuelto tibia y superficial? El Señor le dice: "Arrepiéntase"- Hay muchas cosas en juego. ¡Obedézcale!
Si usted aún no ha nacido de nuevo, acuda ahora al Señor Jesucristo y reconózcalo como Redentor, Salvador y Señor. Venza su comodidad, venza las miradas torcidas de sus amigos, conocidos y familiares - y acepte la mano horadada de Jesús. Él quiere perdonar todas sus iniquidades, pues pagó por ellas, como si él mismo las hubiera cometido. ¡Venga a Jesús! Decídase a convertirse en un hijo de Dios que pueda vencer hoy y mañana, y que algún día pueda recibir, por toda la eternidad, el premio que Jesús ha prometido a los vencedores! E T F

LOS RESULTADOS ETERNOS DE LA MUERTE DE JESUS

La muerte expiatoria de Jesucristo, en la cruz del Gólgota, tuvo tremendos efectos en diferentes aspectos. Pero, no somos tan conscientes de todo esto. Por eso, a menudo sólo contemplamos un lado de la cruz. En este artículo leeremos acerca de un aspecto muy descuidado de la cruz de Cristo: El efecto práctico para nuestra vida.

Cuando el Hijo de Dios murió en la cruz, "dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu" (Juan 19:30).
La muerte de Jesús es un acontecimiento incomprensible, que nunca hemos de poder describir en toda su profundidad con palabras humanas. En aquel entonces, no fue un simple hombre quien murió, sino aquel que era y es el único inmortal. En aquel entonces murió Dios en Jesucristo; murió la vida eterna. Pero, como la vida eterna no puede morir - puesto que sería una contradicción -, debe haber habido una fuerza aún mayor que la vida eterna que ocasionara la muerte de Jesús pese a su inmortalidad. Esta fuerza fue el amor, el amor del Padre y del Hijo, amor que todo lo domina y que todo lo vence. En Cantares, lo leemos en forma profética:"... Porque fuerte es como la muerte el amor" (Cantares 8:6). Cuando, por así decir, la vida eterna clamó:"... Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (Mateo 27:46), Dios calló, tal como lo dice Sofonías 3:17: "... callará de amor..." De manera que como leemos en 1 Corintios 1:18, la palabra de la cruz, en su totalidad, realmente es poder de Dios para nosotros los redimidos. Pero para el mundo es
locura, pues el hombre natural no sabe qué hacer con un Cristo crucificado.
Históricamente, está comprobado que Jesús murió en la cruz. El historiador judío Flavio Josefo relata:
"En esta época vivió Jesús, un hombre sabio, si es que en realidad se le puede decir hombre. Pues fue el consumador de hechos totalmente increíbles y maestro de toda la gente que, con gozo, aceptaba la verdad. De manera que atrajo a sí muchos judíos y también gentiles. Él fue el Cristo (es decir, el Ungido, el Mesías, nota del redactor). Y a pesar de que Pilato, instigado por los más distinguidos de nuestro pueblo, lo condenó a la muerte de cruz, Sus seguidores no le fueron infieles. Pues al tercer día él les volvió a aparecer con vida, tal como los profetas que Dios envió lo habían predicho. Y no sólo profetizaron esto, sino miles de otras cosas maravillosas. Y hasta el día de hoy persiste el pueblo de los cristianos, que se denominan así por él." *
Flavio Josefo; Antigüedades judaicas, 8a Edición 1989, libro dieciocho, Capítulo 3, página 515 en adelante).

Entonces, si es cierto que Jesús murió en la cruz, cuestionémonos lo siguiente: ¿Qué efectos tiene hoy en día Su muerte de cruz? Todos aquellos que están perdidos por la eternidad han de preguntarse esto. Pero también nosotros, los cristianos renacidos, podemos, en fe, hacernos esta pregunta. Para eso, fijemos nuestra vista espiritual sobre el agonizante Cordero de Dios. Observemos cómo entregó voluntariamente su vida: "...Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu." Si una persona muere, no inclina su cabeza antes de hacerlo. Pero Jesús dio su vida voluntariamente, no le fue quitada. Primero inclinó su cabeza y después murió.
Fijemos nuestra atención en siete efectos eternos de la muerte de Jesús en la cruz.
Respecto a Dios
Pedro escribe, en su primera epístola: "Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne..." (1 Pedro 3:18). En otras palabras: En el instante en que Jesús murió, en que exhaló su último suspiro, después de derramar su vida a través de su sangre, nos guió de regreso a Dios. Ese es el significado eterno de Mateo 27:50-51: "Mas Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu. Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo..." ¿Qué significa esto? Que en el mismo momento en que Jesús murió, Dios mismo abrió para nosotros su morada, su lugar santísimo, que hasta el momento había estado clausurada debido al pecado. Esta apertura fue uno de los efectos de la muerte de Jesucristo. Su último clamor y la rasgadura del velo del templo sucedieron simultáneamente, de manera que el autor de la carta a los Hebreos se regocijó: "Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura" (Hebreos 10:19-22). Eso nos concierne a nosotros, quienes creemos en el Señor Jesús. De manera, que aquí vemos que el velo representa el cuerpo de Jesucristo, que ha muerto por nosotros en la carne. Y el velo, que por milenios había permanecido cerrado, se abrió, para que pudiéramos ingresar al lugar santísimo.


Respecto a Satanás

Satanás no sólo es el gran oponente de Dios sino que también es el enemigo mortal del hombre, al cual ha engañado para que pecara. Pero, como la paga del pecado es la muerte (Romanos 6:23), Satanás fue el príncipe de la muerte hasta que murió el cordero de Dios. Fíjese que digo expresamente "hasta" la muerte de Jesús. Pues, en hebreos 2:14 leemos: "Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo". Fue así, que nos rescató de una muerte triple: de la cruel muerte en manos de Satanás en la que, tras el fallecimiento, hubiésemos caído. 

Del espantoso temor a la muerte. Un hombre "muere" miles de veces en vida debido al temor a la muerte. Pero, en Hebreos 2:15 leemos:"... y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre".
De la tremenda muerte de la eterna no-reconciliación con Dios. Pues, dos versículos más adelante dice: "Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo" (versículo 17).
A través de la muerte de Jesús fuimos rescatados de una muerte triple, es decir respecto a Dios, a Satanás, y a nosotros mismos. En la segunda carta a los Corintios, Pablo lo expresa de la siguiente manera:"... el cual nos libró, y nos libra, y en quien esperamos que aún nos librará, de tan grande muerte" (2 Corintios 1:10). Cuando el Cordero de Dios murió, todo volvió a su cauce correcto: Los hijos de Satanás, hijos de la muerte, se volvieron Hijos de Dios, Hijos de la vida. Con referencia a esto, Pablo escribe: "Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles delante de él" (Colosenses1:21-22).
¡Agradezcamos al Señor quien ha hecho tan grandes cosas por nosotros! Nos ha reconciliado con Dios, nos ha liberado de la esclavitud de Satanás y nos ha salvado de la intervención de Satanás sobre nuestras almas, acerca de las cuales tenía derecho por causa de nuestros pecados.

RESPECTO A NUESTRA CULPA

Si en Romanos 5:10 dice que hemos sido "reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo", surge la pregunta: ¿Cómo es la cosa con nuestros innumerables pecados? Estoy más que agradecido que en 1 Corintios 15:3 se hable expresamente en plural: "...Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras." De manera que puede estar completamente confiado que: Su muerte, Su sangre derramada, ha pagado toda su culpa. Con respecto a esto, leemos en la carta a los Colosenses: "(Jesús) os dio vida juntamente con él, perdonándoos todos los pecados, anulando el acta de los decretos que había contra nosotros, que nos era contraria, quitándola de en medio y clavándola en la cruz" (Colosenses 2:13-14). ¿No es maravilloso? Es por eso que la Escritura repite tantas veces que él ha muerto por nosotros: "quien murió por nosotros..." (Tesalonicenses 5:10), "Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos" (Romanos 5:6). Y: "... a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo de carne, por medio de la muerte..." (Colosenses 1:21-22).

RESPECTO AL MUNDO QUE NOS RODEAA

En primer lugar, preguntémonos: ¿Qué es el mundo? Para obtener una respuesta definitiva, consultemos la Biblia, la inefable Palabra de Dios. Ella nos dice:"... la apariencia de este mundo se pasa" (1 Corintios 7:31). "... el mundo entero está bajo el maligno" (1 Juan 5:19). Además, nos advierte muy seriamente: "No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo, los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre" (1 Juan 2:15-17). De la misma manera, también, leemos en la epístola de Santiago: "¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios?" (Santiago 4:4). Fue por eso que el Señor Jesús, antes de morir, dijo con tanta claridad: "Yo ruego por ellos (los discípulos); no ruego por el mundo..." (Juan 17:9).
Si traemos a la memoria los efectos que la muerte de Jesús tuvo sobre este mundo, también nos debemos cuestionar quién es el que realmente domina este mundo, quién es el "dios de este siglo" (vale decir, que en la versión en alemán dice "dios de este mundo"). En la segunda epístola a los Corintios encontramos la respuesta: "en los cuales el dios de este siglo (Satanás) cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios" (2 Corintios 4:4). Pero, precisamente sobre este mundo, en medio de las naciones (Ezequiel 5:5), murió en una cruz el Hijo de Dios y venció a Satanás, al "dios de este siglo". Aquel que cree en el Señor crucificado y en Su muerte, está juntamente crucificado con Cristo (Gálatas 2:20), murió al mundo y está protegido contra el espíritu de este mundo. Ese es el objetivo de la muerte de Jesús, tal como lo leemos en Gálatas 1:4: "el cual se dio a sí mismo por nuestros pecados para librarnos del presente siglo malo, conforme a la voluntad de nuestro Dios y Padre." ¿No es terrible cuando los hijos de Dios rechazan esta liberación del mundo? Cualquier enlace consciente con el espíritu de este mundo significa volver a crucificar a Jesús. Por eso, en cuanto a los resultados de la muerte de Jesucristo, hay dos consecuencias para cada creyente en este mundo. La primera la describe Pablo de esta manera: "Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo" (Gálatas 6:14). Dicho en otras palabras: Entre el mundo espiritual y mi persona está la cruz. Dios ama al mundo (Juan 3:16). Él salva de este mundo malo; pero el mundo en sí no es rescatado. En 1 Corintios 10:11 leemos acerca de la segunda consecuencia: "Y estas cosas les acontecieron como ejemplo, y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos." Visto puramente desde el ángulo de la historia de salvación, la Iglesia de Cristo es, por un lado, la última parte de este siglo pero, por el otro, también el fin de la apariencia de este mundo. Como hijos de Dios, hemos sido trasladados a una nueva dimensión a través del nuevo nacimiento (1 Pedro 1:3): "Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús" (Efesios 2:4-6). Por eso, leemos en Filipenses 3:20: "Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo." El poder de la muerte de Jesús son las vidas humanas que han sido compradas por sangre, que aun están en el mundo, pero que ya nunca más volverán a ser del mundo. ¡Cuidado con que el espíritu de este mundo penetre a la Iglesia de Cristo!

RESPECTO A LA MUERTE

La muerte es una cruel realidad; seguramente miles y miles de lectores han tenido que pasar por la dura experiencia de estar frente a la tumba de un ser amado. De oír las palabras de despedida. De recibir con agradecimiento los lindos ramos y coronas de flores. Pero, nada de esto devuelve la vida a un esposo, esposa, hijo, padres, amigo, amiga. El propio Señor Jesucristo nunca ignoró la realidad de la muerte. Cuando vino para resucitar a su amigo Lázaro (que ya llevaba cuatro días en la tumba), Jesús también lloró frente al sepulcro (Juan 11:35).
Pero también hay otra realidad distinta y maravillosa: A través de la muerte del Señor Jesús, la muerte perdió su poder. Cuando murió, cuando en su sangre derramó su vida eterna, la muerte obtuvo un botín que nunca antes había recibido: Un cadáver que tenía la vida en sí mismo. Y así la muerte fue vencida, y nosotros podemos gozarnos junto con Pablo: "Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? Ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley. Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo" (1 Corintios 15:55-57). Las consecuencias son arrolladoras para todos cuantos recibieron a Cristo. A pesar de que usted cada vez envejezca más, tiene la promesa: "El justo florecerá como la palmera; crecerá como cedro en el Líbano... Aun en la vejez fructificarán; estarán vigorosos y verdes" (Salmo 92:12.14). Sí, según lo que dice en 2 Corintios 4:16, usted se vuelve cada vez más joven: "Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día". Esa persona va al encuentro de la eterna juventud pues está escrito: "El que sacia de bien tu boca de modo que te rejuvenezcas como el águila" (Salmo 103:5).
Eso es maravilloso: Jesucristo nos ha reconciliado con Dios y nos ha librado del poder de la muerte, a través de su muerte. Nos rescató de la apariencia de este mundo y nos obsequió la vida eterna: "Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá... ¿Crees esto?" (Juan 11:25-26).

RESPECTO A NUESTRA NATURALEZA PECAMINOSA

Nuestra culpa puede que haya sido perdonada hace tiempo, pero nuestra naturaleza, que en sí es pecaminosa y corrupta, aún si no se comete pecado, nos aqueja a diario. Suspiramos porque a la luz de la majestad y divinidad de Dios vemos que, por naturaleza, somos corruptos. Esta carga nos encorva - hasta que nos es revelado el misterio de la muerte de Cristo y sus efectos sobre nuestra naturaleza, nuestro yo.
Jesucristo realmente murió en la cruz. Y como eso es así, también usted, que cree en Jesús, murió juntamente con él. Lea atentamente lo que dice Romanos 6:6: "sabiendo esto, que nuestro viejo hombre (= nuestra naturaleza) fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado." Los efectos de la muerte de Jesús sobre nuestra naturaleza, son detallados muy claramente en los siguientes versículos de este capítulo: "Porque en cuanto murió, al pecado murió una vez por todas; mas en cuanto vive, para Dios vive. Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro" (versículos 10-11). Esto quiere decir: Si usted percibe su naturaleza pecaminosa, si siente que malos deseos vienen a su mente, puede levantarse, en fe, ante la cruz de Jesús: Él murió y yo morí juntamente con él (sea que lo sienta o no). Si adopta esta postura, según Romanos 6:7 "ha sido justificado del pecado". Pues el que ha muerto, fue justificado de su pecado inherente, es decir de su naturaleza pecaminosa. Dios ya no ve esa naturaleza pecaminosa, pues usted y su esencia pecaminosa han muerto en Jesucristo. En el siguiente versículo podrá observar una maravillosa perspectiva de la pascua "Y si morimos con Cristo, creemos que también viviremos con él" (versículo 8). Pero, esto significa que se debe aplicar ese poder de Cristo sobre la muerte en nuestro propio ser corrupto. Muchos quieren hacer todo menos esto. Es por eso que este mensaje no sólo se publica para que usted medite sobre la muerte del Señor, sino para que se cuestione esta pregunta tan importante: ¿Quiere usted que los poderosos efectos de la muerte de Jesús obren en su propio ser? Si rechazamos esto, es decir si venimos a la cruz con nuestra culpa, pero no con nuestra naturaleza, no somos otra cosa que enemigos de la cruz de Cristo. Pablo, quien aún era un hombre fuerte y vigoroso, lloró amargamente cuando habló sobre esto:"... de los cuales os dije muchas veces, y aun ahora lo digo llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo" (Filipenses3:18).

RESPECTO A LOS HERMANOS EN LA FE

Como hijos de Dios, podríamos ser un baluarte poderoso y victorioso contra la ira de Satanás, si tan sólo como Iglesia nos vistiéramos del poder de la muerte de Jesús, si dejáramos de tener tantas desavenencias. ¿De dónde provienen el enojo, la envidia, la difamación y, a través de eso, las constante discordias? Todo esto no proviene de otra parte que de la afirmación del yo, del hecho de eludir la cruz. Cuando tenga una desavenencia con su hermano, su hermana, su consejero o su pastor, no los culpe a ellos, antes bien diga: "Todos somos" culpables, también yo lo soy; hemos querido afirmarnos mutuamente.
Quiero recalcar algo con mucha seriedad y certeza: Tan cierto como que un hijo de Dios debe apoderarse del poder de la muerte de Jesús para su ser, así de cierto también es que, como Iglesia de Cristo, debemos vestirnos colectivamente de la muerte de Jesús. Es decir:"... si uno murió por todos, luego todos murieron" (2 Corintios 5:14). Si somos miembros vivos en el cuerpo de Cristo (1 Corintios 12:27), todos, sin excepción, hemos pasado a través de su muerte. En esto consistió la ilimitada autoridad de la primera iglesia. Aquellos creyentes se tomaron en serio la muerte de Cristo, tanto individualmente como en forma colectiva. Los conflictos y las tensiones hallaban inmediata solución en el estar juntamente crucificados. Pablo les escribió a los corintios: "De manera que nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según la carne" (2 Corintios 5:16). ¿Por qué? Porque todos habían muerto con Cristo, la carne fue juntamente crucificada.

Lo que dice el Apóstol aquí, de ya no conocer a nadie según la carne, fue la negación de cualquier simpatía o antipatía. Cada cual se enfrentaba a sus hermanos en la fe consciente de que, al igual que él, estos también habían sido crucificados juntamente con Cristo.
El cordero de Dios murió en la cruz para que usted y yo muriéramos a nuestro viejo hombre. Si nos encasillamos diciendo que: "Cristo murió por mis pecados", estamos limitando en gran manera Su maravillosa victoria.
El motivo principal de la muerte de Jesús se describe ampliamente en Romanos 6:3-7: "O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva. Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección; sabiendo esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea destruido, a fin de que no sirvamos más al pecado. Porque el que ha muerto, ha sido justificado del pecado." ¿Quién de ustedes, querido lector, querida lectora, acepta para sí estos poderosos efectos de la muerte de Cristo? Si aún no lo ha hecho, debería hacerlo hoy, ahora mismo. En 2 Corintios: 5:14-15 dice: "Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos." (Wim Malgo 1922-1992).

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