La Santidad de Dios (parte 1)
Autor: Wim Malgo
Es de suma importancia
reconocer la santidad de Dios. El que está conciente de este rasgo
característico del Supremo, llega a tener oídos aguzados para Su
santa y perfecta voluntad, que el Señor manifestó en Su Ley. Pero
muchos cristianos tienen la opinión errónea y peligrosa de que la
Ley de Dios hoy en día no tiene más validez, puesto que ha sido
suprimida por el Evangelio, por la obra consumada de Jesucristo en
la cruz del Gólgota. Pero esto no es así de ninguna manera, ya que
el Señor Jesús dijo con respecto a la Ley y los profetas en Mateo
5:17-18: "No penséis que he venido para abrogar la Ley o los
Profetas. No he venido para abrogar, sino para cumplir. De cierto os
digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni siquiera una jota
ni una tilde pasará de la ley hasta que todo haya sido cumplido".
Pero como hoy en día en la proclamación del Evangelio muchas veces
se pasa por alto la Ley, siendo que ésta se ha separado el Evangelio
de Jesucristo, quien cargó por nosotros la maldición de la Ley en la
cruz del Calvario, hay muy poca convicción de pecado en nuestros
días. Por eso tenemos muchas personas que sí son creyentes y han
tomado una decisión a favor de Jesús, pero de alguna manera, a pesar
de esto, no han llegado a un claro renacimiento, porque nunca han
tenido el espejo de la Ley ante sus ojos. Sin embargo, exactamente
como las palabras de los profetas nunca fueron suprimidas, sino que
fueron y son cumplidas, así es también con la santa Ley de Dios.
Estoy compenetrado del hecho de que esta seria verdad - excepto en
regiones donde hay avivamiento - fue sepultada casi completamente en
la Iglesia de Jesús. Por eso tampoco se encuentra en ella el temor
de Dios y el temblar ante el pecado, pues está escrito en Romanos
7:13: "...a fin de que mediante el mandamiento el pecado
llegase a ser sobremanera pecaminoso". Bien es verdad que hoy en día
se predica mucho acerca de la gracia de Dios en Jesucristo. ¡Pero
nadie puede comprender la gracia de Dios si no ha visto y también
oído a Dios en Su santa majestad!
Cuando el profeta Isaías vio la santidad de Dios, comenzó a temblar
y exclamó en Isaías 6:5: "¡Ay de mí, pues soy muerto! Porque
siendo un hombre de labios impuros y habitando en medio de un pueblo
de labios impuros, mis ojos han visto al Rey, al Señor de los
Ejércitos".
Un día, el rey Josías hizo limpiar y renovar el Templo. En esta
ocasión se encontró en algún rincón llenó de polvo el Libro de la
Ley. Había quedado completamente olvidado, ya no se conocía. Bien es
verdad que todavía se realizaban cultos, pero en ellos no se le
hacía caso a la Ley. Cuando Safán, el escriba del rey, leyó al rey
el Libro de la Ley, el rey rasgó sus vestiduras y lloró en la
presencia del Señor, porque de repente vio sus pecados y los pecados
del pueblo en el espejo de la Ley de Dios.
Tenemos una situación similar al regresar el pueblo de Israel de la
diáspora, en el tiempo de Nehemías. Leemos en Nehemías 8:1-3:
"Entonces todo el pueblo se reunió como un solo hombre... Y dijeron
al escriba Esdras que trajese el libro de la Ley de Moisés, que el
Señor había dado a Israel. El primer día del mes séptimo, el
sacerdote Esdras trajo la Ley ante la congregación... Y leyó el
libro desde el alba hasta el medio día, frente a la plaza que está
ante la puerta de las Aguas, en presencia de hombres, de mujeres y
de cuantos podían entender". En el versículo 9b leemos cuál fue la
reacción: "Todo el pueblo lloraba al oír las palabras de la Ley".
Pregunto:
¿Cuándo en la Iglesia se llora todavía sobre pecados cometidos?
El corazón se me oprime mucho, porque veo que no solamente en
nuestra cristiandad de nombre, sino también en nuestras iglesias,
casi ya no se llora ante Dios. En el tiempo de Nehemías, los
israelitas deseaban escuchar la Ley. Pero hoy en día apenas quieren
escuchar la santa voluntad de Dios en la Ley. Por eso también faltan
las lágrimas de profunda contrición y arrepentimiento ante el Señor.
Pero si los miembros de la Iglesia de Jesús estuvieran más
concientes de la santa omnipresencia de Dios, la situación en las
iglesias aquí y allá sería completamente otra.
Para volver una vez más a Israel: Todo Israel vio la majestad de
Dios en el monte Horeb en el desierto del Sinaí y escuchó Su voz
poderosa como "un fuerte sonido de corneta. Y todo el pueblo que
estaba en el campamento se estremeció", así lo leemos en Exodo
19:16. En aquel entonces, sin Moisés, el Mediador del Antiguo
Pacto, seguramente todos se habrían escapado de terror. Pero
leemos en el versículo 17: "Moisés hizo salir al pueblo del
campamento al encuentro de Dios, y se detuvieron al pie del monte".
Sí, ya en aquel entonces todo Israel temblaba ante la conciencia de
la presencia del Dios santo. ¡Oh, si tú también, querido oyente,
ahora fueras convencido de pecados por la cercanía de la santidad de
Dios, como el salmista, que dijo: "Oh Señor, tú me has examinado y
conocido. Tú conoces cuando me siento y cuando me levanto; desde
lejos entiendes mi pensamiento. Mi caminar y mi acostarme has
considerado; todos mis caminos te son conocidos... ¿A dónde me iré
de tu Espíritu? ¿A dónde huiré de tu presencia?" (Sal.
139:1-3.7).
Por eso, no tapes tus oídos cuando oyes Su Santa Palabra:
"No tendrás otros dioses delante de mí". No esquives estas palabras,
pues justamente a ti se dirigen.
La Santa Escritura explica muy exactamente lo que entiende, en
realidad, por dioses, o sea, por idolatría. No debe ser
necesariamente una imagen delante de la cual uno se arrodilla para
adorarla. No, sino que tu desobediencia y tu resistencia contra la
Palabra y voluntad de Dios, a los santos ojos de Dios ya es
idolatría, como está escrito en 1 Samuel 15:23a: "Porque la
rebeldía es como el pecado de adivinación, y la obstinación es como
la iniquidad de la idolatría." Si eres completamente
sincero, debes admitir: También yo me he obstinado contra el
Espíritu Santo. Le he sido desobediente a El y a la Palabra de Dios.
Pero ante Dios, esto es "adivinación e idolatría", pues mantienes el
ídolo de tu yo al lado del Señor. Otro matiz de la idolatría es el
amor al dinero. Pienso en Colosenses 3:5, donde dice: "...la
avaricia, que es idolatría". Pero el Señor dice: "No tendrás otros
dioses delante de mí".
Hay personas que se han convertido, pero en cuyas vidas nada ha
cambiado. ¿Por qué es así? Porque al lado de su conversión al Señor,
han mantenido también la idolatría. ¡Sin embargo, el sumo
significado de la conversión es el apartarse de los ídolos! Así lo
escribe Pablo a los tesalonicenses en el capítulo 1, versículo 9b:
!...cómo os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al
Dios vivo y verdadero". El Señor tuvo que lamentar por boca
del profeta Oseas: "Se vuelven, pero no al Altísimo". ¿Por qué la
actual Iglesia de Jesús tiene tan poco poder? ¿Por qué no hay
avivamiento? ¿Por qué no se convierten centenares y miles de
personas a Dios, por medio de un mensaje tan poderoso como el que
nos fue dado? Quisiera decírtelo, querido oyente: ¡La causa es que
sí muchos se han convertido, pero no al Altísimo, no completamente!
Quizás también tú te hayas convertido a Dios, pero no te has
apartado completamente de los ídolos. Tú que te has convertido,
¿cómo quieres, pues, ver a Jesús un día, si todavía estás muy
apegado a ídolos como el amor al dinero, a carne y sangre, a tu
propia honra? ¡Cuántos hay que todavía son muy soberbios! Pero el
que verdaderamente viene a Jesús, a la cruz del Gólgota, deja aquí
también toda idolatría, toda vanidad. ¡Y una persona así corre sin
carga, libre de todo ídolo, al encuentro de Jesús!
Finalmente, nos
encantaría oír de usted. Puede comunicarse con nosotros por E-Mail
a:
cuadrangular50@yahoo.es
Dios le bendiga, y que El
mantenga un "Cerco de Protección" alrededor de usted y de su
familia. |